A comienzos del siglo IX, existía ya un condado local reconocido por Carlomagno; así surgió el condado de Aragón, que durante un tiempo estuvo en la órbita del reino de Pamplona, pero que llegó a emanciparse de él, como reino independiante, en el siglo XI.
La historia del reino de Aragón alcanzó su culminación durante el reinado de Alfonso I (1101-1134), pero su testamento despertó serios conflictos políticos que no se resolvieron completamente hasta que el reino aragonés se unió con el condado de Barcelona. Desde ese momento, la historia de Aragón es la historia común de catalanes y aragoneses ya que, aunque ambos conservaron su lengua, leyes e instituciones, las mayores empresas fueron el resultado del esfuerzo conjunto.
Tras la unión de las coronas de Aragón y Castilla, los intereses comunes que ligaban los estados de la corona de Aragón se fueron disolviendo poco a poco, aunque nunca existió una unión real con Castilla.
Durante la Guerra de Sucesión española, el rey actuó de manera soberana por última vez. Aragón, como Cataluña, Valencia y Mallorca, apoyó al archiduque Carlos contra Felipe V.
Tras la batalla de Almansa (1707), Felipe V abolió los fueros aragoneses, adoptó varias medidas centralistas y fueron anuladas todas las antiguas disposiciones políticas del reino. Aragón se convirtió en la práctica en una provincia y su Consejo fue absorbido por el Consejo de Castilla.