La Dictadura Franquista y el Aislamiento del País por parte de la Comunidad Internacional
Desde el final de la Guerra Civil hasta la vuelta a la democracia, la política
exterior española estuvo caracterizada por las contradicciones,
la divergencia y las deficiencias, consecuencia todo ello de las peculiaridades
ideológicas y políticas de la dictadura franquista.
La política exterior de este período puede dividirse en cuatro
etapas, diferentes en estilos y objetivos, pero que compartirán
el mismo rasgo esencial de subyugación de la política exterior
al mantenimiento del régimen.
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La primera etapa se extiende desde el final de la Guerra Civil hasta
los últimos meses de 1942. Lo más notable de este período
es el trabajo de Ramón Serrano Suñer, el ministro de Asuntos
Exteriores, que aseguró la coherencia entre la ideología
del régimen y la su política exterior.
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La segunda etapa de la política exterior franquista comienza
a finales de 1942 y llega hasta 1957. El aislamiento internacional al que
España estuvo sometida hasta 1951 tuvo sus efectos y el régimen
se vio forzado a emplear todas sus energías en obtener el reconocimiento
mundial y propiciar una aproximación al país. Alberto Martín
Artajo, el ministro de Asuntos Exteriores desde 1945 a principios de 1957,
jugó un papel decisivo en este plan de acción.
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La tercera etapa de la política exterior de la dictadura abarca
desde 1957 a 1969 y corresponde al mandato de Fernando María Castiella
como ministro de Exteriores. La reciente incorporación de España
a la comunidad internacional (1951: WHO; 1952: UNESCO; 1953: Organización
Internacional del Trabajo; 1955: Naciones Unidas) sirvió como base
para una estrategia de política exterior más activa y en
concordancia con las nuevas realidades y la cambiante dinámica internacional.
Sin embargo, la política de esta etapa obtuvo resultados muy limitados,
debido a las contradicciones entre las actividades en el exterior y la
dinámica interna. Este fallo se hizo evidente en las relaciones
con la Comunidad Europea y con los Estados Unidos, así como con
el movimiento de descolonización.
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La etapa final de la política exterior franquista se extiende
desde 1969 hasta la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975. López
Rodo y Cortina Mauri ocuparon con éxito el cargo de ministro de
Asuntos Exteriores en los años que coincidieron con el debilitamiento
físico del dictador y la última fase de su régimen.
Sus mandatos tuvieron un marcado carácter continuista y estaban
determinados a evitar el posible aislamiento internacional de una dictadura
ya en sus momentos finales. A pesar de sus esfuerzos, una serie de acontecimientos,
externos e internos, y estrechamente relacionados, contribuyeron
al debilitamiento de las posiciones diplomáticas del régimen.
En primer lugar se deterioraron de manera importante las relaciones con
la Iglesia Católica y la Santa Sede lo que condujo a la congelación
de las negociaciones para un nuevo concordato (el primero había
sido firmado en 1953) y a la pérdida de unos de los más tradicionales
y sólidos baluartes del régimen. Al mismo tiempo, tenía
lugar en Portugal la Revolución de los Claveles, abril de 1974,
que puso fin a una dictadura más antigua incluso que la española.
Esto significó la pérdida de los tradicionales e incondicionales
aliados en la Península Ibérica y aportó otro factor
de inestabilidad política interna.
La muerte de Franco en noviembre de 1975 llevó a un proceso de cambio
político que, además de dar paso a la democracia, significó
la redefinición de posiciones de la política exterior española.
El 15 de diciembre de 1975, el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro,
nombró a José María de Areilza como ministro de Asuntos
Exteriores. El nuevo ministro dirigió sus esfuerzos a buscar la
aceptación por parte de occidente de las tímidas reformas
de la dictadura. Sus intentos tuvieron su fruto sólo en la negociación
de un Tratado de Amistad y Cooperación con los Estados Unidos, acompañado
por varios acuerdos complementarios que, de todas maneras, supusieron una
indudable mejora con respecto a los intereses españoles.
El fracaso de los tímidos intentos de reforma de Arias Salgado se
hizo pronto evidente; fue reemplazado como presidente del Gobierno
por Adolfo Suárez que nombró para el puesto de ministro de
Asuntos Exteriores a Marcelino Oreja. El nuevo impulso reformista iniciado
por Suárez culminó con la recuperación de las libertades
democráticas en la celebración de elecciones generales en
junio de 1977 en las que el propio partido del presidente, Unión
de Centro Democrático, salió vencedor. La característica
esencial de la política exterior de este período de transición
democrática fue el consenso en importantes temas de política
internacional tomando en consideración temas que no dieran lugar
a confrontaciones; aquellos que podían poner en peligro la unidad
necesaria para la consolidación del sistema democrático se
dejaron aparte.
Reconocimientos